llevo una vergüenza que me endurece los dientes.
casi treinta años y sigo sin poder fruncir el ceño.
el rechazo es una bofetada blanca
que no le cabe a mi sonrojo.
me queda grande, como una cáscara cubriendo el cuerpo
alborotado de un grano de sal.
me escondo en las bibliotecas.
contra la pared iluminada
ensayo las muecas que se me escurren en la calle.
cuántas veces dejé mi rabia en un espejo
siempre, de una u otra forma, contra mí misma.
tengo la almohada manchada
amanece tiesa
vergüenza de orines secos
en la cama de una adulta.
los libros, siempre los libros,
es la suavidad con la que tratan
es el abismo que abren entre sus letras diminutas.
me crezco toda en la página en blanco
donde soy solo yo hablando.
como una bruja, como una loca,
me balanceo frente a la pared quieta,
embisto la página, la pared y el libro
con mi frente limpia.
ni una arruga de molestia.
el rechazo es una bofetada blanca
yo, en cambio, tengo la piel enrojecida de una niña.
Compré una pizarra
donde voy anotando los planos correspondientes:
picado/contrapicado
aire/mirada
O sea la regla de los tres tercios.
Yo,
es el lugar egocéntrico que ocupo.
Mi vida es problemática,
caótica, casual.
La autoexperimentación
y el desorden son parte de mi rutina.
Desde la adolescencia
sufro de insomnio
y tomo diazepam para dormir.
Soy una mujer poco práctica,
es decir, consecuente con los sueños:
dejé de usar tacones
y fantaseo todas las noches con un hombre
(del que olvido su nombre cada día)
Basta ya,
-no pienso repetirlo dos veces-
estoy enamorada.